Ira

sábado, 9 de mayo de 2009

Cuando una tragedia viene a nuestra vida, esta tiene sus propias etapas:

1) Negación y aislamiento

2) Ira

3) Pacto o negociación

4) Depresión

5) Aceptación


ETAPA I: Negación y aislamiento.

La negación nos permite amortiguar el dolor ante una noticia inesperada e impresionante; permite recobrarse. Es una defensa provisional y pronto será sustituida por una aceptación parcial: "no podemos mirar al sol todo el tiempo".

Puedes negar la situación y esconderte encerrándote en ti misma(o), no desear comunicarte con nadie y te parece que tu problema es lo más grande del mundo. A todos puede sucedernos esto, pero por cuanto tiempo te sientas de esta forma depende solamente de ti, de nadie más.



Etapa II: Ira.

Los psicólogos definen la ira como un estado de locura temporal. Cuando estamos airados en extremo llegamos a un punto en el cual no somos dueños de nosotros mismos. Pero hablemos específicamente de la ira después negar una situación difícil y enclaustrarnos en nuestro dolor. Pareciera ser que despertamos de este letargo y buscamos en quien descargar nuestra frustración, y lo que "normalmente" hacemos es culpar a alguien mas por nuestra situación. Comenzamos a ver todo negativo, creemos que no hay solución alguna y nos molesta las muestras de apoyo que puedan darnos.

Lo problemático de esta etapa es quedarnos mucho tiempo en ella, debido a que nacen raíces de amargura y podemos volvernos personas amargadas e introvertidas.



Primera etapa superada. Sin éxito, claro, pero superada al fin y al cabo. Y ha sido todo un logro para mi, la verdad. Porque me ha costado Dios y ayuda salir del agujero y volver a relacionarme con el mundo como casi siempre, sin tener miedo. Y no era de esos que suelen tener miedo, sino mas bien todo lo contrario, así que imaginad lo duro que ha tenido que ser estar tan asustado de todo y todos.
Y salir a la calle y hacer cosas de persona normal no es escapar del ostracismo ni mucho menos. Es solo vivir, mantener las funciones vitales en un estado de normalidad y las sociales en un estado de aparente existencia. Escapar del ostracismo implica volver a prestarle atención a las cosas que nos rodean, es decir, mantener las funciones sociales en un estado de verdadera normalidad. Vamos, hacer las cosas con ganas, con impulso, tener iniciativa.

Sea como sea, lo importante es que ya salí de ese agujero hace un tiempo.

Y ahora que estoy fuera, estoy cabreado. Cabreado con todo y todos. Con el mundo en general. El texto dice que se tiende a culpar a alguien. Yo culpo a... TODO. Con mayúsculas. Me culpo a mi, te culpo a ti, os culpo a vosotros. Culpo a los ambientes en los que hemos crecido, a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestros conocidos, a la ciudad en la que vivimos y a las ciudades en las que viven otros. A los errores que hemos cometido, a los errores que han cometido otros, a los años que han pasado sin que nadie moviera un dedo por arreglar las cosas. Culpo a las malas decisiones, a los imprevistos, a los cambios de planes, a las palabras no dichas y a las dichas con mala fe. Culpo a lo que no hicimos en su momento y a lo que si que hicimos cuando no debíamos haberlo hecho. Culpo al no saber pedir perdón ni al perdonar, al no entender ni ser entendido. Culpo a los encontronazos, a los gritos e incluso a los golpes. Culpo a las malas compañías y a las buenas, a los consejos desoídos y a los no dados, al no saber escuchar. Culpo al egoísmo, a la cobardía, a la envidia, a la soledad, a la incapacidad de mostrarse tal y como es uno al mundo. Culpo a los secretos, a las mentiras, a las verdades, al tener que estar mirando por encima del hombro constantemente, por creerse superior o por creer que alguien te va a apuñalar. Culpo a la disgregación, a los kilómetros, a las horas y también a la cercanía y al estancamiento.
CULPO A TODO. Y todo lo que he olvidado, por el mero hecho de no estar aquí escrito, no tiene menos culpa.

Siento que la sangre hierve en mi corazón enviando olas de calor a cada fibra de mi cuerpo y cómo me palpitan las venas. Siento la tensión con tanta fuerza que me duelen la espalda y la mandíbula. Oigo los dientes rechinar los unos contra los otros y me se incapaz de relajar los hombros sin esfuerzo consciente. Los dedos martillean las teclas mientras escribo esto con tanta fuerza que hasta me molesta.

Lo peor es que se que esto va para largo. Joder, son etapas ¿no?. Si la primera ha durados meses, esta no va a ser menos. Y lo más peor (porque vamos a ser realistas, siempre hay algo peor que lo peor) es que se que alguien va a pagar los platos rotos. Y no quiero que sea quien no lo merece. Es decir, no quiero que sea ninguna de las personas que tengo alrededor, que quiero o que amo, porque bastante hacen con soportarme. Pero bueno, en el horizonte se otea una pelea bien gorda en mi familia... Así que aprovecharé para desahogarme bien a gusto con quien se lo merece.

Es que hay días en los que me gustaría mandarlo todo a la mierda y empezar de cero... O abrirme la cabeza contra una pared. O abrírsela a alguien, ya puestos.

El día menos pensado me da un ataque y me quedo en el sitio, con cara de gilipollas, mientras alguien llama a una ambulancia. Sería gracioso, oye. Un buen final. Por si acaso, que alguien se invente unas últimas palabras que merezca la pena recordar, que seguro que a mi no me da tiempo.