Odio la música Pop.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Estoy en una etapa de mi vida en la que mis relaciones sociales se reducen a todo lo que me puede ofrecer la compañía de un espejo, ya que todo lo demás carece de calidad real. Gracias al cielo que eso se acabará en breve, pero hasta entonces, es lo que tengo.

Y cómo no tengo con quién desahogarme, me suelo acabar ahogando, y no es plato de mi agrado.
Últimamente se podría decir que me mantengo haciendo el muerto sobre un mar oscuro y denso como el petróleo, lleno de monstruos que acechan y esperan la oportunidad para clavarme sus garras y llevarme a las profundidades que ellos habitan. Por contra, el cielo es azúl y lo surcan nubes de un blanco algodón, proyectando sombras agradables y jugando a las escondidas con un sol brillante.

Hay días en los que estoy que no estoy. En esos días me limito a flotar, sin hacer nada más, dejándome llevar por la corriente con los ojos cerrados, sin pensar en lo que me espera ahí debajo ni en lo que tengo ahí arriba. Nada puede tocarme entonces. Ni bueno, ni malo. Y ni me siento triste, ni me siento feliz. Solo extraño por no sentirme de ninguna de las maneras. O quizá sintiéndome incapaz de sentir.

Otro días me permito el lujo de olvidar que floto sobre miseria y dolor, sobre desesperanza y pérdida, y chapoteo en las aguas oleosas, jugando a ver mi futuro en los dibujos que forman las nubes al surcar el cielo. Esos son días muy buenos. Me levanto lleno de energía, de planes, de alegría incluso. Las cosas sencilllas vuelven a maravillarme y sonrío. Casi rozo la felicidad. Casi, claro. Adoro esos días en los que olvido todo lo negativo de mi vida.

El resto de los días... Normalmente el mar está en calma. Ni una ola perturba mi navegación hacia la deriva. Hundo las manos en el agua y la noto densa y fría. Mortalmente fría. Y entonces algo viene a destrozar mi equilibrio y siento como la superficie de aquel océano sin fin comienza a dejar de sustentarme. Y me comienzo a hundir. Y las bestias de la soledad, del miedo, de la desconfianza y otras tantas tiran de mi hacia lo mas oscuro. Y por mas que lucho, no puedo escapar. Y veo, a través de la superficie, cada vez mas lejano, el sol que alumbra el mundo exterior. Esos días me siento tan mal que apenas hablo con nadie. Y no sonrío. Y aunque me muero de ganas de llorar, no aparece ni una sola lágrima. Odio esos días.

Casi siempre son los recuerdos los que vienen a hundirme. Recuerdos en los que solo había cielo azul y el mar no era denso y negro. Recuerdos en los que nadaba en compañía y era feliz. Otras veces son escenas casuales que disparan mi imaginación, con el mismo efecto.

Y es por eso por lo que odio las canciones pop. Sus ritmos simples y repetitivos, sus letras sencillas hasta el absurdo, aplicables a toda persona que haya vivido mas de diez años, y el mensaje que transmiten perturban mi equilibrio. ¡Demonios! ¡Perturbarían el de cualquiera! Si hablan de pérdida, porque hablan de pérdida, si lo hacen del desengaño tres cuartos de lo mismo. Y si hablan de amor... ¡Ay, si hablan de amor! Entonces si que me hundo y me cuesta un par de días volver a salir a flote.

Lo peor de todo es que esas malditas piezas musicales hacen que los días buenos se conviertan en días malos casi al instante. Entonces me pregunto si no me estaré volviendo maníaco depresivo. Y luego dejo de preguntarme cosas, no vaya a ser que encuentre las respuestas y no me gusten.